Obama y la guerra justa

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En el discurso del presidente Obama al recibir el Premio Nobel de la Paz hay algo de mundo al revés.

Obama recibió el premio de la paz con un discurso que justifica la guerra, días después de decidir el envío de 30 mil soldados más a Afganistán, uno de los dos frentes donde Estados Unidos sostiene guerras en nombre de la libertad, la seguridad y la contención de la violencia terrorista.

El mundo al revés: estas guerras buscan la paz, estas guerras odian la guerra, esta violencia es contra la violencia, estos muertos son para salvar vidas.

Obama tuvo el coraje de enfrentar en público, en una ocasión de solemne pacifismo, el dilema no resuelto, ni en la teoría ni en la ética, ni en la realidad de la “guerra justa”, la delgada y cambiante línea moral que separa una guerra emprendida por las buenas razones y otra emprendida por las malas.

La primera y la única de las buenas razones que puede sustentar la idea de “guerra justa” es la defensa propia, la respuesta a la agresión consumada. Casi cualquier desplazamiento fuera de esa realidad levanta el problema moral de la justificación y la justicia de la guerra.

El escalón que sigue a la defensa ante la agresión consumada, acaso sea el de la agresión inminente. El derecho a atacar para evitar una agresión inminente puede alegarse con rigor moral como fundamento de una guerra justa.

Pero cuando pisamos ese escalón estamos a un paso de la guerra preventiva, que consiste en agredir lo que se juzga que habrá de convertirse en peligro inminente o en agresión consumada si no se la detiene en el camino.

Es la doctrina que ha justificado en estos tiempos guerras como las de Irak y Afganistán, y antes las de Vietnam o Corea.

Un paso más y estamos en la lógica que condujo a lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, un salvaje acto final de agresión para terminar todas las agresiones: miles de muertos hoy para evitar más miles de muertos mañana.

He aquí un terreno movedizo y trágico a cuya diabólica contradicción no ha escapado ninguna época, desde que la guerra dejó de ser vista como parte natural de la conducta humana.

En todos los casos, el supuesto moral de la guerra justa es el viejo dictum inmoral de que el fin justifica los medios. Medios deleznables, como la violencia y la muerte, pueden traer bienes extraordinarios, como la seguridad y la paz.

Obama ha mirado de frente ese agujero y se ha puesto a pensarlo en público, en defensa propia y de las guerras que ha librado su país. Un pistoletazo en un concierto.

Hector Aguilar Camin

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