Prohibido opinar

Esto+entiende+el+estado+por+libertad+de+expresiónÁlvaro Cueva

  • 2009-11-01•Acentos
A mí no me asusta que el hijo de Andrés Manuel López Obrador haya ido a San Lázaro con unos carísimos tenis Louis Vuitton.

Es parte de la pantomima nacional donde cada político, de cada partido, y sus familiares, juegan a ser lo que no son.

¿A poco usted alguna vez creyó que la familia de López Obrador comía frijoles de la olla espantando moscas en un piso de tierra?

Pensar eso es como imaginar a los señores de PT renunciando a sus salarios para entregárselos a los ex trabajadores de Luz y Fuerza.

Como visualizar a los senadores del PRI pidiéndole perdón a la Virgen de Guadalupe por haber perjudicado al pueblo de México con el tema del IVA.

Como suponer que Felipe Calderón sabe más de lo que pasa en este país que de las canciones de Ricardo Arjona. Es pura pose.

¡Para que luego digan que la doble moral del pueblo de México nace en sus bases y no en su cúpula!

¡Para que luego nos echen la culpa a los ciudadanos comunes y corrientes de ser los que no cumplimos con nuestras responsabilidades!

No, a mí el cuento de los tenis de Andrecito López Beltrán no me asusta, lo que sí me tiene verdaderamente aterrorizado es lo que le pasó a Jeffrey Max Jones, ex subsecretario de fomento a los agronegocios de la Secretaría de Agricultura.

¿Qué le pasó? Lo más probable es que usted ya lo sepa y si no, le cuento: a don Jeffrey se le ocurrió decir, en público, que hay mucho qué aprenderle al narcotráfico porque las personas que participan en esa “industria” saben de mercadotecnia y tecnología.

Más se tardó el señor Max Jones en abrir la boca que los medios electrónicos de comunicación en acabar con él, en amarrar navajas entre sus palabras y las del Presidente de la República, en ponerle enfrente a sus enemigos políticos y en juzgarlo como al peor de los delincuentes.

No sé si usted tuvo oportunidad de tener encendida la radio ese día, pero hasta a los locutores se les iba el aire de la furia y la indignación que estaban sintiendo como jamás se les fue con los niños muertos en la guardería ABC de Hermosillo, con Juanito o con otras noticias monstruosas.

En cuestión de segundos, Jeffrey se convirtió en la escoria de la sociedad, en el enemigo del pueblo, en lo peor de lo peor. Y si hay algo peor, pues peor.

¿Por qué le digo que esto me tiene aterrorizado? Porque el único pecado que el señor Max Jones cometió fue decir lo que pensaba.

¿De cuándo acá decir lo que uno piensa es un delito? ¿En qué momento externar una opinión se convirtió en un crimen?

Lo más impresionante fue que los personajes que más se molestaron con sus declaraciones son los que más defienden su derecho a la libertad de expresión, los que más se cortan las venas con el tema de la censura y los que más se indignan con el asesinato de periodistas en nuestro país.

¿Qué tiene de malo que don Jeffrey haya dicho lo que dijo? Fue un excelente ejemplo para ilustrar su discurso de ese día porque, en efecto, el narco es lo que es porque sabe aprovechar los recursos que no aprovechan los agricultores que trabajan de acuerdo con la ley.

Jamás gritó: ¡Viva el narcotráfico! ¡Adopta un narco! ¡Todos a consumir! o ¡Pongan “La granja” con Los Tigres del Norte y bailémosla con alegría!

Y si el ex subsecretario piensa distinto a Felipe Calderón, ¿cuál es la bronca?

¿No se supone que vivimos en un país plural donde cada quien puede pensar lo que quiera? ¿No es mejor para un gobierno tener críticos que fomenten el debate en lugar de lacayos que sólo le den por su lado a las figuras en el poder?

Sí es como para sentir terror porque después de haber dicho algo tan elemental, a Jeffrey Max Jones no le quedó más remedio que renunciar.

¡Perdió su trabajo por atreverse a expresar sus ideas! ¿Sí se da cuenta de lo que esto representa? Es una macroadvertencia.

¿Cuántas personas más se van a quedar en la calle en los próximos tres años por decir algo que no coincida con las declaraciones de Felipe Calderón?

¿Cuántos periodistas más van a jugar a: yo puedo decir lo que se me ocurra pero los demás no, antes de darse cuenta de que se están metiendo el pie ellos solos?

Podemos jugar con los tenis de López Beltrán, con la doble moral de nuestros políticos y con una larga lista de temas densos o ligeros, pero no con nuestras libertades. Ésas son sagradas. ¡Aguas! ¿A poco no?

¡Atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com

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