Perder la inocencia

arlequin

Hoy esto va de confesiones, en el penúltimo lunes de noviembre. Yo perdí la inocencia el día en que un tío y padrino mío, intentando satisfacer mis infantiles ansias musicales, me regaló una guitarra, y comprobé que no tocaba sola. Había pensado que todos los españoles con diez dedos en las manos eran Andrés Segovia o Regino Sáinz de la Maza, y que las seis cuerdas obedecían más a la decisión que a la sabiduría. Me ocurrió más tarde con un piano: aquel féretro oscuro era perfectamente dominable con su teclado de dominó, y era fácil invocar a Mozart o decirle a Beethoven que se diese una vuelta por allí. Pasados los años, también perdí la inocencia con un violín, con un clarinete, con un pentagrama y con los coros del Ejército Ruso. Admiróse un portugués de que todos los niños en Francia sabían hablar francés, y todos los españoles tenemos, al menos en ciertos momentos, lo que ahora se ha dado en llamar «complejo de Adán», como si el séptimo día de la creación, aquél en que Dios descansó, coincidiese con el día y la hora de nuestra llegada al mundo.
Me temo que al Gobierno le esté pasando lo que a mí me ocurrió. A este Gobierno y a los anteriores. Resultan elegidos, componen el gabinete y se reparten los instrumentos sin haber ido al conservatorio. Para ti, la flauta; para ti, el violín; para ti, el clarinete; y para ti, el clavicordio. Y que Dios reparta suerte. La improvisación es el derecho constitucional de los españoles, y así nos va. Un montañero que se cayó por un precipicio y tuvo la fortuna de salvar la vida agarrándose a un árbol salvaje que había crecido en la quebrada escuchó, desde las alturas, que su compañero de aventura exclamada: «¡Gracias a Dios», a lo que replicó: «No, gracias al árbol, que a Dios ya le vi yo las intenciones».
No estoy escribiendo del «Alakrana», que ya aburre a las ovejas, ni de la crisis económica, que otro tanto. Pero tengo la impresión de que la larga noche de piedra del franquismo ha legitimado muchas insensateces, toneladas de audacia, pesadísimos fardos de irresponsabilidad, y que el maestro Ciruela da clases y nunca fue a la escuela. Yo apuesto, ya que no fui el burro flautista, por una España de la excelencia y en la que los mediocres dejen paso a los mejores. Lo aprendí de una guitarra.

Articulo de Faustino F. Alvarez/larazon.es

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