Pasarelas al cielo

_anorexiaALTAS, bellas, inaprensibles, las supermodelos viven la doble vida de las diosas de goma. Custodiadas por flashes de fotógrafo, pasan de puntillas por el cielo de las pasarelas, camino de taquillas adolescentes y portadas de revistas, para regresar paso a paso al vacío de sus vidas solitarias. Caminan sobre una gloria de papel, de palabras y pastillas, hasta un lecho de noches en blanco, prozac, vómitos y anorexia. Todo para acabar colgadas en un calendario, en la pared grasienta de un taller mecánico. O, como Lucy Gordon y Daul Kim, ahorcadas de una viga en un apartamento de lujo en París, girando sobre una nota de suicidio.

Igual que ellas, muchas otras acaban masticadas en la maquinaria feminicida de la moda, ese altar pagano al que entregan la salud, la sonrisa, el amor y la vida. Es el precio por alimentar un mundo de sueños y vanidad, al capricho de unos tipos cuyo ideal de belleza femenina está a mitad de camino entre una jirafa y Leonardo Di Caprio. Tipos a quienes ni siquiera les gustan las mujeres y que se complacen en exprimir las curvas de sus cuerpos hasta dejarlos transparentes y exhaustos, monstruos perfectos, perchas en dos patas, lánguidos esqueletos de uno ochenta y cuarenta kilos.

Hace poco, en un concurso de misses, descalificaron a una modelo colombiana, una auténtica hermosura, por exceso de culo. En realidad son los jueces que dictan semejantes normas quienes deberían revisar su sexualidad, salir del armario y dedicarse al diseño de langostinos o a la cría de gacelas. Forjar una mujer de cabellos celestiales, sin pechos y sin nalgas, sostenida por tobillos como hilos es una tarea de dioses, no de simples costureros con ínfulas de genio.

Siempre ha habido sacrificios humanos, criaturas que eran arrojadas al cráter de un volcán o a las que se les arrancaba el corazón vivas, pero nunca por un motivo tan burdo y tan trivial: una religión hecha de trapos. Como los patos cuidadosamente cebados hasta que les revienta el hígado, estas muchachas adelgazan hasta la tristeza, hasta que se les ve el alma a través de las costillas. En su carta de despedida, Daul Kim decía que uno de los días más felices de su vida fue uno en que logró dormir diez horas seguidas, sin sueños ni recuerdos.

El último desfile de Daul Kim y de Lucy Gordon tuvo lugar en soledad, en la intimidad más absoluta, en una pasarela que constaba de una silla, una cuerda y una viga en el techo. Bailarinas del más allá, se balancearon lejos de las cámaras y los aplausos, los brazos rectos, los pies desnudos, quizá para que no olvidáramos nunca esa ley gravitatoria de la moda que dice que lo más bello del cuerpo de una mujer son sus zapatos.

articulo de David Torres/elmundo.es

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