Mascaras

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En la fiesta de la Merced un cura llamado don Frutos celebraba una misa en una galería de la cárcel repleta de presos de toda índole. Un coro de internos alrededor de un armonio cantaba sentidas plegarias y era difícil calibrar cuál de todos lo hacía con más unción. Asistí a la ceremonia junto a un celador, al que pregunté qué delito había cometido cada uno de los cantores. El del chándal rojo, que sin duda parecía el más devoto, había violado a sus cuatro hijas, una detrás de otra; el gordito de la camisa blanca había matado a su novia a cuchilladas; el más enteco, con apenas sesenta kilos de peso, había atracado un banco con una recortada. Antes de conocer sus antecedentes, aquellos internos tan piadosos parecían tener un rostro anodino e intercambiable, como los que uno ve discurrir por la calle o en la escena pública, pero una vez desvelado su pasado, a partir de ese momento el rostro de cada uno se adaptó de forma misteriosa al crimen que había cometido. Evidentemente uno tenía cara de violador, otro de asesino, otro de atracador. Se trata de un fenómeno psico-somático al que asistimos todos los días. Sin moverse del balcón de palacio ante la multitud de Bucarest, el dictador Nicolai Ceaucescu en un solo minuto cambió su rostro de padre de la patria por el de Drácula. Mientras Bernard Madoff estaba en la cumbre de las finanzas de Wall Street, venerado por muy selectos inversores, su rostro expresaba confianza, inteligencia y sagacidad. Inmediatamente después de que su inmenso fraude se hiciera público, su cara, sin cambiar de expresión, se convirtió en la imagen paradigmática del ladrón. Un político de derechas o de izquierdas, que sea ejemplo de virtudes cívicas; un moralista que agite el látigo contra los vicios de la sociedad, si un día aparece esposado recogiendo sus pertenencias en un saco de basura del furgón de la policía, su rostro, sin cambiar de naturaleza, en adelante mostrará al corrupto o al sátiro que llevaba dentro, de cuya máscara ya no podrá desprenderse jamás. Mientras don Frutos aleccionaba desde el altar a los presos que llenaban la galería, pensé que todo el mundo, desde el gángster Capone al padre de familia más honrado, tiene una imagen en la cara adaptable al delito que acaba de cometer.

Manuel Vicent/elpais.es

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