Ciudadanos hartos

dubon

El ánimo nacional anda en horas bajas. Los mexicanos sobrellevamos una especie de gran depresión colectiva que se expresa en casi todos los ámbitos. Algunos espíritus sagaces denuncian el perverso regocijo que parecemos encontrar en la desgracia y quieren combatir, así, nuestra machacona reiteración de lo negativo. Es cierto: muchos de nosotros nos hemos convertido en auténticos agoreros del desastre y nos solazamos, con una oscura fascinación, en guardar un estado de disonancia permanente: nada está bien; nada se hace bien; el futuro es tan negro como las falencias del presente; el país va a la deriva; peor aún, México no tiene remedio.

Hay fundamento, encima, para este desánimo. Se sustenta no sólo en las frustraciones diarias y las adversidades sino en la constatación, paralela, de que nadie está haciendo nada por detener la caída al precipicio. Cualquier comentarista de la radio puede recitarnos, por la mañana, la aterradora cifra de los muertos en la batalla contra el crimen organizado o el cotidiano rosario de calamidades económicas, pero lo peor es que las malas noticias se enmarcan, siempre, en la inevitable reseña de las rebatiñas que protagoniza una clase política completamente disociada de los ciudadanos.

Cada día que pasa somos más corruptos, más pobres, más ignorantes y más incivilizados. Y, al mismo tiempo, cada día que pasa es una jornada perdida en el camino hacia un cambio que le urge a la nación y del que nadie se quiere responsabilizar realmente. Somos, así, menos competitivos que ayer, menos atractivos para la inversión extranjera, menos soberanos (muy pronto, tendremos que importar petróleo crudo, por no hablar de las gasolinas y los petroquímicos), menos modernos y menos seguros.

Las soluciones han sido planteadas de mil maneras. Para mayores señas, lean ustedes los ensayos que publica, este mes, la revista Nexos. Y pongan mucha atención, sobre todo, a otras advertencias que han lanzado personalidades de diferentes proveniencias como Macario Schettino, Jorge G. Castañeda, Jean Meyer, Enrique Krauze, Soledad Loaeza o Roger Bartra (por ahí, a este país no le vendría mal que lo gobernaran algunos intelectuales). El problema es que estas voces no encuentran un eco en los centros del poder. Pero tampoco son escuchados nuestros clamores de gente común cuando expresamos, por ejemplo, que ya no estamos de acuerdo con que en la Cámara Baja se apoltronen medio millar de diputados, que no queremos que los partidos políticos reciban tanto dinero, ni que las campañas electorales sean tan largas, ni que se gasten los fondos públicos de manera tan irresponsable y estúpida, etcétera, etcétera.

¿Nos escuchan, ellos, los que tienen en sus manos el poder de cambiar las cosas? No. Luego entonces ¿qué podemos hacer?

Esta pregunta nos confronta, de manera automática, con la exigencia, dirigida a nosotros los ciudadanos de a pie, de que seamos quienes propiciemos el cambio a través de una mayor participación en los asuntos públicos, una mayor conciencia de nuestros derechos y, desde luego, una mayor responsabilidad personal. Muy bien, me parece un programa muy excitante. La primerísima dificultad, sin embargo, es que estos esfuerzos de individuo virtuoso significan una carga desmedida para una persona particular. No basta, por lo que parece, con llevar una vida de bien sino que se nos exige la condición privilegiada del héroe. Miren ustedes: conozco a ciudadanos absolutamente ejemplares: honrados, cumplidores, respetuosos y trabajadores. ¿Y? Pues, que estas bondades no les sirven para maldita cosa. Al contrario: se someten a las durezas de la burocracia y pierden días enteros en un trámite cuando bastaba con untar la mano del empleado extorsionador; o llega un “inspector” y les clausura arbitrariamente el changarro por no ceder al chantaje. Un sistema podrido no premia a los justos. ¿Dónde están, entonces, los que van a cambiar las cosas “desde la base”? ¿Acaso cada individuo debe tener el temple y la heroica tenacidad de un señor Gallo, ése que llevó, por cuenta propia, a los asesinos de su hija ante la justicia? ¿Todas las mexicanas deben poseer la férrea voluntad y la valentía de la señora Wallace? ¿No hay lugar para que el Estado nos brinde seguridad, justicia y educación a partir de nuestra simple circunstancia de personas comunes y corrientes? Dicho en otras palabras ¿no bastaba con votar para que nos rindieran cuentas y dieran resultados?

Sí, ya votamos. Pero nadie nos escucha. Es perfectamente natural, entonces, que estemos hartos y descontentos.

Articulo de Roman Revueltas/mileniodiario.com/pintura de Lus G. Dubon

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