Barrilete cosmico

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Tienen de todo, excepto a sí mismos. La historia de esa gran nación es un continuo querer apartarse de nosotros. La capital de Argentina fue París. Han estado dirigidos por la economía británica, la cultura francesa y el fútbol italiano, con su toque de malevos y cuchilleros. Los argentinos, dijo Lord Bryce, han dejado de ser españoles sin pasar a ser otra cosa.

A pesar de su atorrante nacionalismo, esa manía de primates, de sus caficios y reinas del botox en la Casa Rosada, siguen teniendo una resplandeciente literatura y el fútbol mejor del planeta. Más del 7% de las plantillas españolas están formadas por argentinos; argentino es quizás el mejor jugador del mundo, Messi, como lo fueron Di Stéfano y Maradona.

En el fútbol y en la vida son narcisos, desproporcionados, «guarangos» es la expresión que utilizó Ortega. «Descuentan la victoria antes de obtenerla». Trataban a la selección española con ironía y paternalismo. Menotti dijo que España en la cancha no se sabía si era toro o torero. Después del baño del Manzanares, han reconocido que ya no queda nada de la vieja furia española.

Nadie se explica cómo ha surgido ese dibujito de selección, tan racionalista que no parece española. Capello dice que Brasil es más fuerte que España. Pero España ha derrotado a los campeones del mundo, Inglaterra, Alemania, Italia, y ahora Argentina, sólo queda Brasil en el espejito. Comprobaremos el desenlace en Sudáfrica. Los periódicos argentinos aceptan que les sobró orgullo, malas artes, que aún están en el laboratorio; y sobre todo, que no encontraron la pelota.

Cuando ya apenas se juega al fútbol y todo consiste en que un equipo destruya al rival, el España-Argentina prometía excelencia y hubo una fascinante guerra de toques, pero el quinteto de jugones rojos bailó el tango a los de la gambeta. Era el taca-taca contra el regate de los que aprendieron de pibes a sortear a los perros en las chabolas; los otros, los oligarcas juegan al polo y al psicoanálisis.

Al final, los argentinos recurrieron al hacha para desbaratar el taca-taca y dieron la razón a Borges, que detestaba el fútbol por ser un juego brutal, para el que no se requiere coraje, sino recursos de barrio. Claro que los argentinos no aprenden a jugar en los parques de Buenos Aires, ni en La Recoleta, donde dormir cuesta más que vivir en el Hotel Alvear, sino en las villas miserias, donde la víbora es el cuchillo.

Colérico, grosero, sin cuello, en la línea de banda, junto al césped mojado, El Pelusa, castrista y farlopero, aquel que tenía un imán en el pie, nacido bajo la advocación de la Dolorosa de los grasas en la policlínica Evita, no infunde a sus muchachos, gambeteo y brinco, sino hacha.

Barrilete es una maldición para su equipo. Ahora le han suspendido dos meses por insultos a la prensa.

articulo de Raul del Pozo/elmundo.es

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