La fidelidad de los ‘Amlovers’

El alto nivel de aprobación que mantiene el presidente López Obrador provoca perplejidad y quizá algo de frustración en buena parte de los lectores de este diario (y para el caso cualquier otro diario del país). Para todos los que no votaron por él y asumieron que el paso del tiempo inevitablemente desengañaría a los que sí lo hicieron, es poco menos que incomprensible que con una pandemia en marcha y la consiguiente devastación económica, las encuestas revelen que más personas votarían por él hoy que hace dos años.

Todas las semanas el líder de Morena ofrece, a juicio de sus críticos, pruebas tangibles de su rusticidad, su soberbia o su incapacidad. Pero tras 110 semanas en el poder y una exposición diaria de dos horas en las que sin ningún filtro ni posproducción improvisa, divaga y provoca, parecería que no hay mucho más espacio para el desengaño. ¿Qué podría hacer o decir López Obrador, que no haya dicho o hecho, que sea capaz de generar un desplome mayúsculo en sus niveles de aprobación?

Un hermano suyo fue captado en un video comprometedor, hizo un sorteo de un avión sin avión, canceló un aeropuerto semiconstruido, alabó a Donald Trump y le hizo el trabajo sucio con los centroamericanos, nos hemos convertido en el cuarto país en número de muertos por la pandemia a la que el Presidente describió como algo que nos venía como anillo al dedo, ha tenido desencuentros con feministas, con intelectuales, artistas y científicos, con ecologistas, con los principales medios de comunicación y con empresarios. Hemos vivido el peor año del que tengamos memoria los mexicanos y no obstante, contra toda lógica aparente, el mandatario no ha perdido el apoyo de sus seguidores que, dicho sea de paso, por su pobreza han sufrido más que otros sectores.

Desde luego, podría atribuirse a la demagogia y al engaño la capacidad de mantener el apoyo de las masas “ignorantes y desinformadas”. Pero cuando uno observa a conductores y comentaristas de la mayor parte de la radio, la prensa y la televisión “desenmascarar” al Presidente cada día y a lo largo de dos años (en realidad desde antes, y pese a eso ganó), tendríamos que preguntarnos si esa tesis resiste a la razón, pese a lo conveniente que pueda resultar a la pasión (de sus adversarios).

Quizá la explicación está en otro lado. López Obrador ha construido una poderosa narrativa que lo presenta como un presidente que gobierna para los pobres y en contra de los privilegiados. Pero no es una narrativa hueca, todo lo contrario, López Obrador ha sido absolutamente congruente con el mandato social del que se siente portador. Repasemos la siguiente lista: incremento histórico del salario mínimo; transferencias directas a la mayoría de los hogares mexicanos (la cifra oficial es 70 por ciento); introducción del voto secreto en la vida sindical; reducción del gasto suntuario y los excesos en la administración pública; elevación de penas en casos de corrupción, delitos electorales y evasión fiscal; combate a fondo a los privilegios fiscales de las grandes empresas; exhibición de los contratos leoninos de un empresariado enriquecido a la sombra del Estado; programas de apoyo a los campesinos y a las escuelas rurales; grandes obras públicas en el sureste, región otrora ignorada; despliegue progresivo de la Guardia Nacional a la totalidad del territorio; programa de construcción de una sucursal bancaria en toda cabecera municipal; programa de salud gratuita universal; proyecto de red de internet a todo pueblo y ranchería; combate a las factureras y a la subcontratación utilizadas para evadir responsabilidades laborales y fiscales; introducción del referéndum y fin del fuero presidencial; combate al robo de combustibles.

La mayoría de estos programas se han realizado de manera apresurada, a tirones y jalones, con cuadros operativos insuficientes, a partir del ensayo y el error, y a veces sin eso bajo la lógica de que toda rectificación es expresión de debilidad. En algunas ocasiones, insisto, la extirpación de un tumor se ha hecho con cuchillo de carnicero a falta de bisturí, afectando más tejido sano del que habría sido deseable (por ejemplo en el caso de los fideicomisos y del outsoursing).

Y sin embargo, comparado con sexenios anteriores, la lista resulta impresionante a ojos de todos aquellos que hasta ahora se habían sentido víctimas de gobiernos cómplices de la élite.

Ciertamente el impacto de la crisis económica barre con buena parte de los beneficios reales o presuntos que las acciones de la 4T habrían propiciado a favor de los pobres. Pero incluso así, siempre quedará entre estos sectores la percepción de que por fin hay alguien en Palacio que habla y gobierna en su nombre, aun cuando los obstáculos terminen por superarlo. Por lo demás, a pesar de los números rojos, queda la percepción entre los pobres de que con otros gobiernos habrían salido peor parados de la crisis. El paquete de rescate solicitado por la iniciativa privada, que seguramente habrían impulsado Calderón o Peña Nieto, se habría diluido por el abuso y la distorsión de un sector privado engordado por monopolios disfrazados, privilegios y márgenes absurdos de rendimiento. La mayor parte de los votantes de López Obrador no habrían obtenido algo de un programa de apoyo a las empresas porque, para empezar, la mayoría de ellos no cuenta con un empleo formal.

En suma, la popularidad de López Obrador no tiene nada de irracional o misterioso. Quizá escapa al sentido común de una clase media que creía en la racionalidad del sistema y asumía que solo había que corregir excesos y distorsiones para lograr la modernidad y el desarrollo. Pero no es el caso del México bronco y de los muchos agravios pendientes en nombre de los cuales el Presidente busca un cambio radical. Visto así, su popularidad resulta explicable. Se nutre de dos factores que están a la vista: uno, una narrativa populista apoyada por políticas públicas claramente destinadas a favorecer a los pobres y a cuestionar a la élite. Dos, por un dato que está más allá del debate ideológico o del gusto político; los pobres son mayoría. ¿Por qué no habrían de apoyarlo?

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Maradona, D10s en pantalones cortos

Maradona, D10s en pantalones cortos

Para mi hermano Dani y mis amigos Mijangos y Fio

Cuando estuve en Nápoles, un par de años atrás, el culto a Maradona seguía rabiosamente vivo a través de ofrendas, dibujos y pintadas callejeras, conmemorando aquellos lejanos días en que vistió el calcio de azul y blanco, un recuerdo de la bandera argentina. No es un culto tan serio como la Iglesia Maradoniana, cuyos fieles rezan un padrenuestro blasfemo y siguen un calendario fechado a partir del nacimiento de Diego, ni como esa estatua de diez metros levantada en Calcuta, sino algo más serio todavía, una mezcla de devoción, gratitud y nostalgia infinita. En el Museo del Fútbol de Nápoles hay un video en bucle eterno de una falta en el interior del área, con la barrera de la Juventus a cinco metros y el balón despegando de su bota como de cabo Cañaveral, sobrepasando cabezas y orbitando hacia la escuadra en una parábola que contradice todas las leyes de la física, de la cordura y del sentido común. En el video también hay jugadores, entrenadores y hasta un científico intentando explicar el efecto que tomó la pelota, pero es más sencillo considerarlo obra de Dios: un puto milagro.

“Yo no soy Dios” dijo Maradona con un bindi en la frente, en diciembre de 2017, agradeciendo al público el homenaje en Calcuta. “Soy un simple jugador que hizo sonreír a la gente en un campo de fútbol”. La inmensa mayoría de los aficionados no estarían de acuerdo, ni con lo de Dios ni mucho menos con lo de simple. En el partido contra Inglaterra en el Mundial de México, donde Argentina se tomó la revancha por la derrota de las Malvinas, Maradona marcó doble contra sencillo: un gol impecable, increíble, glorioso, llamado “el gol del siglo”, en que dejó atrás a cinco jugadores ingleses como si estuvieran anclados a un futbolín; y otro tramposo, antirreglamentario, un gol de estraperlo en el que se elevó por encima del guardameta Shilton y empujó el balón con la mano. Cuando los periodistas se lo reprocharon, Maradona respondió: “Ha sido con la mano, sí. La mano de Dios y la cabeza de Maradona”. Es extraño que fuese el sintagma con el que iban a conocerlo porque, de haber algo divino en Maradona, no eran ni la cabeza ni las manos: eran los pies, el empeine aerodinámico, los muslos que le pidió prestados a Aquiles.

Sobre el césped tenía algo de héroe griego en la melena fosca y en el gesto bravío, una prefiguración de la escultura rota en la que iba a desembocar después, un trozo del Partenón caído por los suelos. Al lado de Shilton, que le sacaba veinte centímetros, y de los robustos defensas ingleses, Maradona parecía un niño. A lo mejor ése era su secreto, que siguió jugando toda la vida con la alegría, los ritmos y misterios de la infancia. No parecía un delantero de fútbol, para qué vamos a engañarnos. Corpulento, bajito, cuellicorto, más bien gordo, su anatomía tiraba más a la niñez y a la redondez de la pelota que llevaba imantada a los tobillos y que le obedecía como si fuese una extensión más de su cuerpo, otra mano, otra cabeza, otra rodilla. Había que verlo calentando antes del partido, jugueteando con el balón y bajándolo al toque, sin el menor esfuerzo, mientras el público cantaba enloquecido: una escena que Sorrentino homenajeó en Juventud, sin estadio, sin balón y sin público, con un Diego enfermo, hinchado, hidropésico, decadente, lanzando una pelota de tenis a la estratosfera.

Un amigo argentino me dijo un día: “Pibe, date cuenta, Maradona ganó el Mundial él solo con diez picapedreros”. Seguramente exageraba, pero lo cierto es que nunca el Nápoles había conseguido un scudetto hasta que llegó él a hacerse cargo, una hazaña que repitió poco después únicamente para dejar claro que un milagro, un puto milagro, nunca se produce por chiripa. La verdad, no le iba lo de jugar en equipo, más bien corría y regateaba solo contra todos, igual que un niño en el recreo, como si nunca hubiera salido de entre los patios y chabolas de Villa Fiorito, y el recreo se prolongó hasta el anochecer, mucho después de cerrar la cancha y colgar la camiseta. Sí, llevaba mucho tiempo retirado de los campos de fútbol, dedicado al recreo, a esnifar rayas por kilómetros y a hacerse la vida polvo, al estilo de esos grandes saxofonistas de jazz que canjean música por sangre y de esos poetas visionarios para los que el cuerpo sólo es un estorbo. Admiraba tanto la revolución cubana que le dijo a su corazón que se parase el aniversario de la muerte de Fidel, y la víscera le hizo caso, obediente, al toque, como si fuese otra pelota. En el cementerio de Nápoles hay una pintada que reza: “No sabéis lo que os perdisteis”. Y alguien, probablemente un muerto, escribió debajo: “Pero quién dice que nos lo perdimos”.

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Vacunas para tontos

 

Vacunas para tontos

El coronavirus no sabe con quién se juega los cuartos. Se pensaba el muy insidioso que iba a acabar con nuestro modo de vida y todavía no entiende que preferimos sacrificar la vida al modo, es decir, que si hay que seguir llenando a tope trenes, autobuses, aviones, bares, hoteles, cenas familiares, hospitales y cementerios, pues se llenan a tope y aquí no ha pasado nada. No hay más que ver esas escenas dantescas del aeropuerto de Shanghái, en las que un trabajador dio positivo en un test y de inmediato se formó un sálvase quién pueda digno de una película zombi, con gritos de pánico y muchedumbres en fuga. Parecía la entrada al Bernabéu una hora antes de la final de la copa de Europa: había unas quinientas doce personas por metro cuadrado -todas con mascarilla, eso sí-, corriendo y chillando, un ejemplo perfecto de lo bien que está controlando China la pandemia.

En España no nos quedamos atrás a la hora de implantar medidas novedosas. Una de las principales lecciones que hemos aprendido este año es que el ser humano, muy especialmente el español, se acostumbra a todo. Las tandas de aplausos y las canciones a todo volumen a las ocho de la tarde pusieron a prueba nuestro oído mientras que las manifestaciones de maripijas y cayetanos pusieron a prueba nuestra paciencia. También descubrimos que la gran ventaja de tener dos gobiernos, uno nacional y otro autonómico, es que nuestros ancianos pueden morirse en las residencias como perros abandonados en la perrera sin que ninguno de los dos gobiernos diera su brazo a torcer sobre a cuál de los dos les tocaba salvarlos. Por otra parte, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha dado una lección al mundo demostrando que la mejor forma de detener los contagios es construyendo en un tiempo récord un hospital enorme y completamente superfluo por casi el doble de su presupuesto inicial, y, en vez de personal sanitario, contratar curas y toreros.

Mientras el debate médico se centraba en la discusión de si la enfermedad se transmite más por gotas o por aerosoles, mentes preclaras como las de José Manuel Soto, Belén Esteban y Pablo Motos ponían en jaque a la comunidad científica mediante audaces tratamientos a base de alcachofas o la hipótesis de que al coronavirus se lo lleva el viento. Fue entonces cuando Miguel Bosé reunió a las huestes del negacionismo asegurando que las vacunas en desarrollo eran un medio para implantar microchips en la sangre y tenernos a todos controlados. Bosé asegura que el coronavirus en realidad no existe: son los padres. O tal vez los Reyes Magos. Es muy posible que las vacunas anunciadas por diversas farmacéuticas lleguen demasiado tarde para salvarnos de los cantantes, no digamos ya de los cantamañanas.

En julio y agostro se trataba de salvar el turismo de manera que la temporada veraniega no se resintiera demasiado y que el número de víctimas por el covid compensara la tasa de turistas británicos estrellados desde los balcones de los hoteles. Las cuentas cuadraron sin mayores problemas. Ahora se trata de salvar la navidad, mejor dicho, las compras masivas de regalos y los desplazamientos anuales de parientes, las borracheras y las indigestiones, al menos lo suficiente como para que podamos celebrar otra. Alguien debería inventar una vacuna contra la tontería o al menos un matasuegras con mascarilla.

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LOS TRAUMAS DE LA INFANCIA PUEDEN PASAR DE UNA GENERACIÓN A OTRA (ESTUDIO)

UN ESTUDIO RECIENTE CONFIRMA QUE LOS TRAUMAS PSICOLÓGICOS DE UNA PERSONA TAMBIÉN PUEDEN HEREDARSE A SUS HIJOS E HIJAS
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En los últimos años han surgido cada vez más pruebas nos ayudan a comprender las consecuencias de los traumas durante la infancia; entre ellas las que sugieren que los traumas pueden transmitirse a la descendencia de las personas, llegando a afectar la salud mental y física de las futuras generaciones.

Uno de los ejemplos más impactantes son los estudios que han demostrado que los hijos de los sobrevivientes del Holocausto tienen más probabilidades de sufrir esquizofrenia grave y otros problemas de salud. 

Aunque se sabe que esto está guiado por cambios en el epigenoma (una multitud de factores biológicos y químicos que afectan a la forma en que se expresan los genes), nunca ha quedado claro cómo las señales desencadenadas por la experiencia traumática se “imprimen” en las células reproductoras.

Ahora, en un artículo publicado en la revista especializada en biología molecular The EMBO Journal (factor de impacto: 9.96), un grupo de científicos de la Universidad de Zurich en Suiza utilizaron ratones para comprender mejor cómo los impactos de un trauma en los primeros años de vida podrían transmitirse de generación en generación a través de los cambios que ocurren en la sangre. 

Los resultados confirman la hipótesis de que la sangre envía señales de estrés a las células reproductivas, es así como transmiten el legado del trauma a la siguiente generación.

En el estudio, los científicos involucrados compararon primero la sangre de los ratones que experimentaron un traumatismo en los primeros años de vida con la sangre de los ratones de control. Después, observaron algunas diferencias significativas en el metabolismo de los lípidos (grasas), ya que la sangre de los ratones traumatizados mostraba niveles mucho más altos de ciertos ácidos grasos poliinsaturados. Luego observaron que esos mismos cambios se encontraban también en la descendencia de los ratones traumatizados. 

Para seguir con las conclusiones del experimento con los ratones, el equipo evaluó a 25 niños de un orfanato de Pakistán que habían perdido a su padre y estaban separados de su madre. Compararon muestras de sangre y saliva con las de otros niños y encontraron que los niños huérfanos tenían niveles más altos de varios lípidos, al igual que los ratones traumatizados.

A partir de estos resultados, los científico trataron de encontrar el mecanismo molecular que guió este proceso. Encontraron que el PPAR, un receptor en las células que ayuda a regular la expresión de los genes en numerosos tejidos, se regula mejor en el esperma de los varones traumatizados. Activaron este receptor de manera artificial en los ratones machos, lo cual provocó una disminución del peso corporal y cambios en los niveles de glucosa. Una vez más, este efecto también se observó en su descendencia e incluso en los nietos de los ratones.

Este estudio ofrece un elemento más para comprender de manera más amplia los efectos que tienen los traumas de la infancia, no sólo en la persona que los sufre, sino en sus hijos. Los responsables de esta investigación están interesados en que sus resultados sirvan para examinar cómo las infancias en contextos difíciles pueden tener efectos negativos en generaciones futuras. 

“Estos hallazgos son extremadamente importantes para la medicina, ya que es la primera vez que se caracteriza una conexión entre el trauma temprano y los trastornos metabólicos en los descendientes”, dijo en una declaración Isabelle Mansuy, profesora de neuroepigenética del Instituto de Investigación Cerebral de la Universidad de Zúrich y del Instituto de Neurociencia del ETH de Zúrich. 

Es muy importante mencionar que una experiencia negativa, un trauma o experiencias dañinas es un fenómeno multifactorial en el que la condición biológica, fisiológica o genética de una persona se combina junto con otras circunstancias para provocar los efectos que la literatura especializada califica como traumáticos. Además de los factores orgánicos, los traumas son resultado también de las maneras en las que las personas se relacionan. En ese sentido, tener un conocimiento más amplio y desde diferentes perspectivas (psicología, ciencias sociales, humanidades, biología), nos ofrece un panorama mucho más sólido para poder resolver los malestares y consecuencias negativas en la vida de una persona derivados de una experiencia traumática.

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Tramas y trampas de la industria farmacéutica en plena pandemia

Imagen de un voluntario recibiendo la segunda dosis en los ensayos de la vacuna contra el COVID-19 desarrollada por el laboratorio chino Sinovac Biotech. EFE/Sebastiao Moreira
Imagen de un voluntario recibiendo la segunda dosis en los ensayos de la vacuna contra el COVID-19 desarrollada por el laboratorio chino Sinovac Biotech. EFE/Sebastiao Moreira

Una vez, en marzo, cuando estábamos encerrados y asustados por la Covid y se hacían discursos grandilocuentes en el G20, en la OMS y en Naciones Unidas, sobre la “universalización” de los tratamientos contra la pandemia, creí que el mundo podía ir a mejor,  que esta emergencia sanitaria global  impondría cordura en la gestión internacional de la salud. Luego pasaron cosas como estas:

1– La Unión Europea ya reconoce haber comprado más de 1800 millones de dosis de vacunas de cinco grandes farmacéuticas distintas, cuando somos 450 millones de europeos. Cabemos a 4 por cabeza;  eso sí, lejos de la gesta estadounidense que ya tiene precompradas 8 vacunas por cada norteamericano.

¿Qué locura es esta en la que se compran vacunas sin saber si van a funcionar? ¿Acaso tenemos los europeos cuatro brazos y los estadounidenses ocho? ¿No nos da vergüenza comprar vacunas así, cuatro por europeo y ocho por cada norteamericano, y al resto que le den morcilla?  ¿Tiene algún sentido todo este despilfarro?

2–El consejero delegado de Pfizer, Albert Bourla, vendió la mitad de sus acciones al día siguiente de anunciar, por nota de prensa, que su vacuna es, presuntamente, la pera, embolsándose más de 5 millones de dólares.

¿De verdad no está prohibido y penado que los directivos se forren de manera fraudulenta? ¿En serio?

3–Los directivos de Moderna, incluido el español Juan Andrés, hicieron lo mismo, después de su anuncio gemelo, y se llevaron 75 millones, pero han prometido que no volverán a hacerlo hasta que su vacuna no se comercialice. Moderna lanza un mensaje:  hemos sido un poco malos pero no volveremos a hacerlo, no como la competencia.

¿Somos tan cretinos como para que tenga valor publicitario un anuncio como este de Moderna? ¿Qué apoyo social tiene ser listillo y llevárselo muerto pero solo un poco?

4–Los dueños de Remdesivir, un medicamento que también parecía la solución, firmaron un contrato millonario con la UE, de 2000 Euros por paciente, unos días antes de que la OMS publicara un estudio que dice que su medicamento ni cura, ni acorta las hospitalizaciones. Sus acciones subieron y bajaron y, en ese proceso, alguien se llevó este contrato y con él unos cuantos millones a casa.

¿Se podrán devolver los Rendemsivir que hemos pagado a precio de oro? ¿Por qué nadie publica esa letra pequeña?

5–AstraZeneca, la farmacéutica británica detrás de la vacuna de Oxford, que prometió no lucrarse con la Covid “mientras dure la pandemia”, no se hará cargo de las posibles demandas por responsabilidad civil por efectos secundarios. Desconocemos quién filtró este significativo dato. Su acuerdo firmado con la UE dice ser confidencial, pero autoridades europeas han justificado este hecho con que su precio es el más barato. Con la suma de estos factores, los antivacunas ya la habrán puesto la primera de su lista negra, aunque quienes vayan a hacer frente a esas hipotéticas demandas sean los estados. Conclusión:  la vacuna de Oxford, la menos lucrativa, la más solidaria, ya ha sido revolcada por el barro antes de empezar la partida.

¿No es una pena que el ejemplo de AstraZeneca no haya cundido? ¿No deberían los estados, con su financiación, apoyar más o solo iniciativas como esta?

6–La Unión Europea, con la Fundación Bill Gates y unos cuantos han firmado un acuerdo para hacer préstamos a los países más pobres, que no van a poder pagar por las vacunas lo que las farmacéuticas pidan. Los expertos dicen que si Covax, que así se llama el programa, consigue cumplir con sus objetivos logrará llevar algunas vacunas a los más pobres pero no a los de en medio.

¿Dónde paga impuestos en Europa Microsoft? ¿Cómo es posible que una vez más, se busquen y se firmen mecanismos para dar limosna, en vez de para hacer justicia?

y 7– El 17 de diciembre se decidirá en la Organización Mundial del Comercio si se levantan las patentes de las vacunas de covid, mientras dure la pandemia, para facilitar el acceso universal a estas trascendentes medicinas. De momento, India y Sudáfrica lo piden y Médicos del Mundo y cientos de asociaciones por la igualdad de derechos sanitarios lo reclaman. España se ha posicionado con el resto de la UE, con Estados Unidos, Japón y otros países ricos en contra. Todos ellos ya han gastado fortunas precomprando vacunas en este sálvese quién pueda.

¿Se puede argumentar, sin vergüenza, que el derecho a especular prevalezca sobre el derecho más humano de todos: el derecho a seguir vivo? ¿Cómo se puede justificar la competencia empresarial y la guerra comercial que conlleva, en una emergencia sanitaria mundial? ¿Si no somos capaces de colaborar para esto, cómo vamos a ser capaces de colaborar en ninguna otra cosa? ¿Cómo es posible que en el siglo XXI las farmacéuticas sigan sin límites a su lucro, con patentes por 20 años, cuando mucha de su investigación es financiada con dinero público o con precontratos con los estados? ¿Para cuándo unos beneficios de no más del, pongamos, 10%? ¿No es lo más triste de esta pandemia que no esté sirviendo para avanzar en la guerra más larga, la que se batalla por más salud, por menos desigualdad insultante, aunque sea a costa de menos negocio?

PD: ¿Ni siquiera un Gobierno que se dice de coalición de izquierdas va a tener la valentía de defender públicamente, en organismos internacionales, lo que todos saben que sería justo y necesario?

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